Una de la mañana.
Recordé tu pulcro y radiante semblante
y no pude evitar, como antes
tener deseos eróticos,
para algunos hasta caóticos
y a su vez tan puros y sanos.
La risa radiante,
los ojos perdidos
la piel blanca y fuerte
la ropa gastada,
así esperaba la muerte
aquel que yo anhelaba.
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